lunes, 20 de abril de 2020

IMPERIALISMO. LA ERA DEL CAPITAL



fecha de entrega 30 de abril. formato crea o mail.
Actividad de lectura, comprensión de texto:

1-      De la lectura del resumen:
a) ¿Cómo se manifiesta o es percibida la crisis? ¿Cuáles son los efectos visibles de tan depresión?
b) Enumera y explica cuales son las soluciones ante la llamada Depresión de los años 1873.
2-      Intenta explicar con tus palabras que implica el concepto de “economía mundial”
3-      Describe cómo se caracteriza la economía mundial en la era del imperio.
4-      ¿qué vínculos encuentras entre el planteo de Hobsbawm y lo trabajado por ti en la tarea sobre la racionalización del trabajo aplicada por las industrias y los modelos Fordista y Taylorista?

E. Hobsbawm. “La era del imperio, 1875-1914”. Resumen Capítulo 2, La economía cambia de ritmo.

Por Macarena Jauregui.

En cuanto a los economistas y hombres de negocios, lo que preocupaba incluso a los menos dados al tono apocalíptico era la prolongada “depresión de los precios, una depresión del interés y una depresión del beneficios” (Marshall 1888). Lo que estaba en juego no era la producción sino la rentabilidad.
La agricultura fue la víctima más espectacular de esa disminución de los beneficios y, a no dudar, constituía el sector más deprimido de la economía y que cuyos descontentos tenían consecuencias sociales y políticas más inmediatas y de mayor alcance. Las consecuencias para los precios agrícolas, tanto en la agricultura europea como en las economías exportadoras de ultramar, fueron dramáticas.
Los decenio de depresión no eran una buena época para ser agricultor en ningún país implicado en el mercado mundial. La reacción de los agricultores varió desde la agitación electoral a la rebelión, hasta también la muerte por hambre como ocurrió en Rusia entre 1891 y 1892.
No obstante, las dos respuestas más habituales entre la población fueron la emigración masiva y la cooperación, la primera protagonizada por aquellos que carecían de tierras o que tenían tierras pobres, y la segunda, fundamentalmente por los campesino con explotaciones potencialmente viables.
El mundo de los negocios tenía sus propios problemas. Ningún período fue más deflacionario que el de 1873-1896, cuando los precios descendieron en un 40 por 100 en el Reino Unido. La deflación hace que disminuyan los beneficios.
Otra dificultad radicaba en el hecho de que los costes de producción eran más estables que los precios a corto plazo pues proporcionalmente, al tiempo que las empresas tenían que soportar también la carga de importantes cantidades de maquinaria y equipos obsoletos, se tardaba más de lo esperado en amortizar. En algunas partes del mundo, la situación se veía aún más complicada por la caída gradual del precio de la plata y de su tipo de cambio con el oro.
Una de las soluciones consistía en una especie de monetarismo a la inversa.
La libertad de comercio parecía indispensable ya que permitía que los productores de materias primas de ultramar intercambiaran sus productos por los productos manufacturados británicos, reforzando así la simbiosis entre el Reino Unido y el mundo subdesarrollado, sobre el que se apoyaba la economía británica. Los estancieros argentinos y uruguayos, los productores australianos y los agricultores daneses no tenían interés alguno en impulsar el desarrollo de las manufacturas nacionales, pues obtenían pingües beneficios en su calidad de planetas económicos del sistema solar británico. El Reino Unido continuó mostrándose partidario del liberalismo económico y al actuar así otorgó a los países proteccionistas la libertad de controlar sus mercados internos y de impulsar sus exportaciones.
El liberalismo era el anarquismo de la burguesía y, como en el anarquismo revolucionario, en él no había lugar para el estado. O, más bien, el estado como factor económico sólo existía como algo que interfería el funcionamiento autónomo e independiente de “el mercado”.
Esta interpretación no carecía de lógica. Por una parte, parecía razonablemente pensar que lo que permitía que esa economía evolucionara y creciera eran las decisiones económicas de sus componentes fundamentales. Por otra parte, la economía capitalista era global, y no podía ser de otra forma. El ideal de sus teóricos era la división internacional del trabajo que aseguraba el crecimiento más intenso de la economía.
El único equilibrio que reconocía la teoría económica liberal era el equilibrio a escala mundial. Pero en la práctica ese modelo resultaba inadecuado. La economía capitalista mundial en evolución era un conjunto de bloques sólidos, pero también fluido. Sean cuales fueren los orígenes de las “economías nacionales” que constituían esos bloques, las economías nacionales existían porque existían los estados-naciones.
Pero el mundo desarrollado no era tan sólo un agregado de “economías nacionales”. La industrialización y la depresión hicieron de ellas un grupo de economías rivales, donde los beneficios de una parecían amenazar la posición de las otras. Lo sólo competían las empresas, sino también las naciones.
¿Cuáles fueron sus consecuencias? Podemos aceptar como cierto que un exceso de proteccionismo generalizado, que intenta perpetrar la economía de cada estado-nación es perjudicial para el crecimiento económico mundial. Esto quedaría demostrado en el período de entre guerras. Pero en 1880-1914, el proteccionismo no era general ni tampoco excesivamente riguroso y quedó limitado a los bienes de consumo y no afectó al movimiento de mano de obra y a las transacciones financieras internacionales. En conjunto, el proteccionismo industrial contribuyó a ampliar la base industrial del planeta, que carecían también a un ritmo vertiginoso.
No obstante, si el proteccionismo fue la reacción política instintiva del productor preocupado ante la depresión, no fue la respuesta económica más significativa del capitalismo a los problemas que le afligían. Esa respuesta radicó en la combinación de la concentración económica y la racionalización empresarial que comenzaba ahora a servir de modelo, los trust y “la gestión financiera”.
Pero el control del mercado y la eliminación de la competencia sólo eran un aspecto más general de concentración capitalista y no fueron ni universales no irreversibles. La concentración avanzó a expensas de la competencia de mercado, las corporaciones a expensas de las más pequeñas y que esa concentración implicó una tendencia hacia el oligopolio.
La presión sobre los beneficios en el período de la depresión, así como el tamaño y la complejidad cada vez mayor de las empresas, surgió que los métodos tradicionales y empíricos de organizar las empresas, y en especial la producción, no eran ya adecuados. Así surgió la necesidad de una forma más racional o “científica” de controlar y programar las empresas grandes y deseosas de maximizar los beneficios. La tarea en la que conectó inmediatamente sus esfuerzos el “taylorismo” y con la que se identificaría ante la opinión pública la “gestión científica” fue la de sacar mayor rendimiento a los trabajadores. Ese objetivo se intentó alcanzar mediante tres métodos fundamentales:
1.     aislando a cada trabajador del resto del grupo y transfiriendo el control del proceso productivo a los representantes de la dirección;
2.     una descomposición sistemática de cada proceso en elementos componentes cronometrados;
3.     sistemas distintos de pago de salario que supusieron para el trabajador un incentivo para producir más.
Henry Ford, se identificaría con la utilización racional de la maquinaria y la mano de obra para maximizar la producción.
La “mano visible” de la moderna organización y dirección sustituyó a la “mano invisible” del mercado anónimo de Adam Smith.
Existía una tercera posibilidad para solucionar los problemas del capitalismo: el imperialismo.
Debemos mencionar un resultado final, o efecto secundario, de la gran depresión. Fue también una época de gran agitación social. La depresión produjo la movilización masiva de las clases obreras industriales en numerosos países y, desde finales del decenio de 1880, la aparición de movimientos obreros y socialistas de masas en algunos de ellos.
Al final del capítulo, Eric Hobsbawm realiza una síntesis de lo que fue la economía durante el imperio. En primer lugar, su base geográfica era mucho más amplia que antes. El sector industrial y en proceso de industrialización se amplió, en Europa mediante la revolución industrial que conocieron Rusia y otros países. El mercado internacional de materias primas se amplió extraordinariamente lo cual implicó también el desarrollo de las zonas dedicadas a su producción y su integración en el mercado mundial. Argentina se convirtió en un gran exportador de trigo en la misma época, y cada año, contingentes de trabajadores italianos cruzaban en ambos sentidos los 16000 km del Atlántico para recoger la cosecha, La economía de la era del imperio permitía cosas tales como que Bakú y la cuenca de Donetz se integraran en la geografía industrial, que Europa exportara productos y mujeres a ciudades de nueva creación y que se erigieran teatro de ópera sobre los huesos de indios enterrados en ciudades surgidas al socaire del auge del caucho.
La economía mundial era mucho más plural que antes. El Reino Unido dejó de ser el único país totalmente industrializado y la única economía industrial. La era del imperio se caracterizó por la rivalidad entre los diferentes estados. Además, las relaciones entre el mundo desarrollado y el sector subdesarrollado eran también más variadas y complejas.
Ese pluralismo creciente de la economía mundial quedó enmascarado hasta cierto punto por la dependencia que se mantuvo e incluso se incrementó de los servicios financieros, comerciales y navieros con respecto al Reino Unido.
La tercera característica de la economía mundial es la más obvia: la revolución tecnológica. Fue en este período cuando se incorporaron a la vida moderna el teléfono y la telegrafía sin hilos. Se llama “segunda revolución industrial” a la gran innovación que consistió en actualizar la primera revolución industrial mediante una serie de perfeccionamientos en la tecnología del vapor y del hierro por medio del acero y las turbinas.
La cuarta característica es una doble transformación en la estructura y modus operandi de la empresa capitalista. Por una parte, se produjo la concentración de capital, el crecimiento en escala que llevó a distinguir entre “empresa” y “gran empresa”.
La quinta característica es que produjo  una extraordinaria transformación del mercado de los bienes de consumo: un cambio tanto cuantitativo como cualitativo. Con el incremento de la población comenzó a dominar las industrias productoras de bienes de consumo. A largo plazo este fenómeno fue más importante que el notable incremento del consumo en las clases ricas y acomodadas, cuyos esquemas de demanda no variaron sensiblemente. Fue el modelo de T de Ford el que revolucionó la industria del automóvil.  Al mismo tiempo, una tecnología revolucionaria y el imperialismo contribuyeron a la aparición de una serie de productos y servicios nuevos para el mercado de masas.
Todo ello implicó la transformación so sólo de la producción, mediante lo que comenzó a llamarse “producción masiva”, sino también de la distribución, incluyendo la compra a crédito, fundamentalmente por medio de los plazos.
Esto encajaba perfectamente con la sexta característica de la economía: el importante crecimiento, tanto absoluto como relativo, del sector terciario de la economía, público y privado.
La última característica de la economía es la convergencia creciente entre la política y la economía, es decir, el papel cada vez más importante del gobierno y del sector público.
La democratización de la política impulsó a los gobierno, muchas veces renuentes, a aplicar políticas de reforma y bienestar social, así como iniciar una acción política para la defensa de los intereses económicos de determinado grupos de votantes contra la concentración económica. Por otra parte, las rivalidades políticas entre los estados y la competitividad económica entre grupos nacionales de empresario convergieron contribuyendo tanto al imperialismo como a la génesis de la primera guerra mundial. Por cierto, también condujeron al desarrollo de industrias como la de armamento, en la que el papel del gobierno era decisiva.
entiende que el imperialismo del fin del siglo XIX y principios del
XX fue una política de competencia entre imperios adoptada por varias naciones de Europa y
que esa idea es esencialmente moderna, es decir, contemporánea a él. Asimismo Hobson
defiende al nacionalismo como el camino al internacionalismo, puesto que, según él, “no hay
necesariamente antagonismo entre ellos” [traducción propia] pero que si el nacionalismo
presenta alguna divergencia entonces ésta ha de ser una perversión de su naturaleza y propósito
que viene a llamarse «imperialismo»

martes, 14 de abril de 2020

AMÉRICA LATINA INGRESA EN EL MERCADO

Alumnos les dejo material de lectura para la semana del 13 al 30 de abril.

Les pido que leen los documentos y a partir de ellos que expliquen estas preguntas:
1- ¿Qué significó para América Latina este proceso? (Imperialismo) ¿Cómo se vincula con las economías europeas y centrales?
2- ¿Qué significa para ustedes la frase"Oligarquías locales buscaron incrementar la producción agrícola y minera"? ¿Cómo llevan a cabo ese objetivo, qué cambios o tareas son necesarias?
3- En cuanto a la práctica del panamericanismo o la doctrina de América para los Americanos, ubica en qué momento (tiempo- décadas-años) y en qué ejemplos se ve patente el accionar de EEUU sobre América Latina, selecciona un ejemplo.

ENTREGAS POR CREA O POR MAIL. 

Material de lectura

EL IMPERIALISMO. La era del imperialismo en América Latina

La era del imperialismo constituyó el marco de la decisiva incorporación de América Latina a la economía mundial capitalista. Este proceso produjo transformaciones fundamentales en todo el subcontinente: por un lado, consolidó el perfil agro-minero exportador de su economía; por otro lado, esa orientación profundizó las diferencias regionales, en función de las diversas “vías nacionales” a través de las cuales se llevó a cabo. Fue en esta era, también, cuando se despertaron las más intensas expresiones de búsqueda de una identidad latinoamericana y nacional, recortada frente a los imperialismos que la amenazaban. Es síntesis, este territorio histórico condensa problemáticas decisivas para América Latina.
Las apetencias de las economías europeas, en este período de crecimiento de las economías industrializadas y de expansión sobre nuevos territorios, encontraron en América Latina un espacio propicio para la obtención de materias primas y un mercado en crecimiento para la colocación de productos de elaboración industrial. Frente a ese contexto, las oligarquías locales buscaron incrementar la producción agrícola y minera para su exportación. Lo hicieron sobre la base de la estructura de los grandes latifundios o haciendas, de las que eran propietarias. Así, consolidaron un modelo de crecimiento económico basado en la especialización productiva, en la explotación extensiva y en la dependencia de los mercados exteriores.
El contexto era propicio para que las oligarquías dejaran atrás las viejas disputas faccionales  y coordinar desde el Estado las tareas necesarias para la definición de una economía orientada hacia el exterior. Esto suponía la integración del territorio nacional y el avance sobre nuevas tierras para sumarlas a la producción exportable; además era necesario solucionar, en algunas regiones, el problema de la escasez de mano de obra, y resolver la necesidad de contar con capital e infraestructura para agilizar la producción y fundamentalmente la comercialización. Si las primeras tareas podían ser encaminadas a partir de la construcción de la gestión estatal (lo cual incluía la administración de la violencia por parte del Estado, necesaria para la reducción o incorporación de las poblaciones originarias al área de influencia de la “economía europea”), y en algunos casos resultó importante el fomento de la inmigración, las inversiones que se requerían para el transporte y la comercialización le aseguraron a las economías imperiales algo más que el papel de compradores. Así, principalmente el capital inglés se posicionó, fundamentalmente a través de la inversión en ferrocarriles y del control del sistema financiero, como una presencia tutelar del crecimiento de las economías de los países latinoamericanos y de la orientación de sus elites gobernantes.
La consolidación de una estructura estatal resultó fundamental para la integración del territorio nacional y para definir las bases institucionales necesarias para el funcionamiento del modelo primario exportador. Este proceso tuvo diferentes ritmos y etapas en los diversos países del continente. Allí donde la demanda internacional coincidía con las posibilidades que ofrecían los suelos, las oligarquías pudieron negociar o imponer su predominio sobre otras facciones, y consolidar el poder del Estado. Lo hicieron a partir de una alianza de hecho con el capital extranjero, que ocupó un lugar fundamental en el financiamiento a través de préstamos, que inauguraban una larga historia de endeudamientos.
De acuerdo al tipo de producto primario que cada región podía ofrecer, se hacía necesaria la ocupación de regiones que, en algunos casos, habían permanecido al margen, incluso durante los siglos de dominación colonial.
La especialización productiva que produjo el modelo agro minero exportador hizo que los sectores encargados del control del Estado fuesen aquellas elites provenientes de las regiones más favorecidas por esa redefinición de la economía. En Brasil, por ejemplo, la demanda de los mercados internacionales reorientó el predominio de la actividad económica hacia las regiones del sur, que expresaban el avance del café y la ganadería, por sobre las tradicionales producciones de azúcar y algodón.
En general, las oligarquías que comandaron este proceso de consolidación de los Estados Nacionales, lo hicieron guiados por el espíritu “civilizatorio” que acompañaba las excursiones hacia territorios que antes estaban fuera del alcance estatal. Las consignas de “orden y progreso” o “paz y administración” resultaron lemas característicos que sintetizaban la ideología positivista que sustentaba la acción “modernizadora” en lo económico, pero profundamente conservadora en lo político. El control del aparato estatal, y la exclusión política y social de las mayorías, resultaron rasgos centrales de la consolidación del orden oligárquico, tal como lo estamos describiendo.
Sin embargo, no siempre las oligarquías lograron acuerdos que les permitieran neutralizar las viejas disputas faccionales, ni tampoco en todos los países el Estado consolidó rápidamente una estructura capaz de controlar todo el territorio y transformarlo en función de la nueva orientación de la economía. En algunos casos, regiones enteras quedaron al margen porque siguieron siendo poco valoradas en términos económicos, o porque el crecimiento no alcanzó a incorporarlas. En otros casos se conformaron verdaderas economías de enclave, en donde las empresas de capitales extranjeros controlaban no sólo la producción sino también la comercialización y el abastecimiento de los productos consumidos por los trabajadores. Este era el paisaje de la explotación del azúcar en las islas del Caribe, pero también el del salitre en el norte de Chile, la minería boliviana y el azúcar en el norte peruano.
Allí donde el Estado no logró tener presencia, la exploración de nuevos territorios quedó en manos de emprendedores, que pudieron construir así sus propias riquezas. 
Pero en esos años finales del siglo XIX asomaría en el continente una sombra imperialista que a la postre se revelaría como algo más palpable que un espectro. La presencia de EEUU se hizo cada vez más potente a partir de su creciente protagonismo en las disputas por los mercados de capital y las fuentes de materias primas. La emergente potencia imperial del norte había procurado posicionarse desde principios del siglo XIX como “hermano mayor” de sus “débiles” vecinos, para resguardarlos de la posibilidad de recaer en las “garras” coloniales. El marco ofrecido por la Doctrina Monroe, sancionada en 1823, invocaba el principio soberano de “América para los americanos”, pero establecía de hecho la incumbencia norteamericana en el ámbito continental.
EEUU impulsaba ahora, en “la era del imperialismo”, una traducción de su liderazgo continental por medio de la promoción de Conferencias que buscaban unir a todos los Estados Americanos. La primera de esas reuniones, convocada en Washington, en 1889, puso en evidencia la intención de los norteamericanos de propiciar acuerdos comerciales y unificar las normas jurídicas para potenciar su penetración económica en el continente, en el marco de su proyecto “panamericano”. Esa posición de liderazgo en la promoción de una organización de escala continental sería pronto reafirmada a través de la participación en gestiones para dirimir conflictos entre los países latinoamericanos y las viejas potencias imperiales europeas, que aún conservaban su presencia en el continente. Así, la gestión diplomática en ocasión de las disputas entre Venezuela y Gran Bretaña por el límite de la Guyana, en 1897, sería un antecedente para que luego EEUU interviniera decisivamente en el proceso de independencia de dos islas que constituían los últimos bastiones del viejo imperio español. Principalmente Cuba, aquel emporio de la colonia, constituía un espacio estratégico en el área del Caribe, de singular interés para los norteamericanos. De allí que EEUU ofreciera, además de la diplomacia, su apoyo militar a los ejércitos rebeldes que luchaban por la independencia. La declaración de guerra a España, en 1898, tras un incidente con un barco de bandera norteamericana, decidió el definitivo retroceso del colonialismo ibérico, y al mismo tiempo inauguró la era del imperialismo norteamericano, a través de la ocupación de Cuba y Puerto Rico, botines de la Guerra ganada. Si bien la primera de estas dos islas declararía su independencia formal, la enmienda Platt, incorporada al texto constitucional de la nueva República, cedía a EEUU parte del territorio y el derecho a la intervención.  
Aunque las iniciativas vinculadas con el proyecto panamericano no se detuvieron y se organizaron nuevas reuniones rebautizadas como Conferencias Interamericanas, con el comienzo del siglo XX EEUU acentuaría su estrategia de intervención en el continente con menos diplomacia y más “garrote”. Esa impronta de la política exterior era el espíritu del llamado corolario Roosevelt de la Doctrina Monroe, a través del cual el nuevo presidente norteamericano Theodore Roosevelt admitía la necesidad de propiciar una política más agresiva de defensa continental, frente a la debilidad que mostraban muchos gobiernos para enfrentar las amenazas de las potencias extracontinentales.
El desorden financiero de los Estados de América Latina, que supuestamente los colocaban en una situación de debilidad frente a los acreedores europeos, comenzó a ser considerado, también, un motivo de intervención. A nadie escapaba el hecho de que detrás de esta política de protección continental se encontraban los intereses imperialistas de Norteamérica. Esto se pondría de manifiesto en torno de la independencia de Panamá en 1903. EEUU había intentado negociar con Colombia la sesión de una parte de su territorio, considerado propicio para la construcción de un canal interoceánico. Fracasados los intentos diplomáticos, Roosevelt decidió el apoyo a los ejércitos independentistas, que garantizaron la cesión a EEUU del territorio donde, luego de declarada la “independencia”, comenzaría a construirse el Canal. 
La invocación del corolario Roosevelt de la Doctrina Monroe sería también el pretexto del desembarco de marines norteamericanos en Santo Domingo en 1905, frente a la amenaza de un levantamiento armado opositor, y de una intervención en Cuba, amparada en la enmienda Platt, en 1906. Esos hechos desplegados bajo la llamada “política del garrote” consolidaron la presencia de EEUU en el Caribe, que acompañó el incremento de las inversiones norteamericanas, y la consiguiente especialización de las economías caribeñas en la producción de alimentos para la exportación a su “protector”.
La conexión entre la agresiva política exterior norteamericana y los intereses económicos se hizo más explícita bajo el gobierno de William Taft (1909-1913). Su política exterior hacia América Latina, conocida como “diplomacia del dólar”, se fundaba en la idea de que no sólo constituía una amenaza la presencia de otras potencias, sino también la influencia de actores económicos ajenos al continente. En ese marco se produjeron intervenciones de EEUU en Honduras, Haití y Nicaragua, entre 1909 y 1912, que aseguraron el predominio de las empresas de origen norteamericano.
Con la llegada al gobierno de EEUU del primer presidente demócrata en “la era del imperialismo”, Thomas Woodrow Wilson (1913-1921), se despertaron expectativas en torno de la proclamación del fin de las políticas agresivas hacia el continente. Sin embargo, rápidamente las acciones de los marines desmintieron los discursos democráticos. El primer escenario de una nueva intervención norteamericana sería el convulsionado vecino del sur, al que ya se le había arrebatado medio siglo antes una parte de su territorio: México. El desembarco en el puerto de Veracruz, en 1914, justificado por la detención de tropas norteamericanas en Tampico, produjo una reacción defensiva por parte del gobierno encabezado por Victoriano Huerta, surgido de la Revolución que había comenzado en 1910. Si bien las tropas norteamericanas permanecieron durante seis meses en Veracruz, la respuesta mexicana expresaba un principio de autodeterminación y de rechazo a la intervención de EEUU, que ya se encontraba extendido en buena parte de los países del continente.
Centroamérica continuó siendo el escenario principal de la influencia imperialista norteamericana: un nuevo desembarco de tropas estadounidenses en Haití, en 1916, se traduciría en una ocupación que perduraría durante dieciocho años; en República Dominicana, la intervención concretada ese mismo año daría lugar al control del país durante los ocho años siguientes. Sin embargo, esa agresiva política imperialista en el continente, y en particular en Centroamérica, había engendrado también una expresión latinoamericanista, que comenzaba a ser cada vez más claramente asociada con un contenido antiimperialista.
En torno de la intervención norteamericana en la independencia de Cuba, José Martí había denunciado el imperialismo norteamericano en el continente, ofreciendo una visión sobre los peligros que engendraban sus intereses económicos. Esa postura afirmaba la necesidad de fortalecer la unidad del continente, sintetizada en la expresión “Nuestra América”, título de un ensayo político-filosófico escrito por Martí en 1891.
La emergencia de este proceso no puede comprenderse sin tener en cuenta que se estaba produciendo un resquebrajamiento del poder monolítico que habían construido las oligarquías aliadas con el imperialismo. Las tensiones internas del orden oligárquico habían comenzado a producir grietas en las sociedades latinoamericanas. En ellas asomaron demandas, tanto de quienes emergieron a partir de la incorporación de América Latina al capitalismo internacional (los sectores medios urbanos y un incipiente proletariado), como de aquellos que habían sido desplazados de sus tierras o formaban parte de regiones que habían quedado marginadas del crecimiento hacia el exterior. Confluyeron así en la desestabilización del orden oligárquico construido en la era del imperialismo, las contradicciones que había engendrado. Se abriría entonces un nuevo escenario para la política, en donde ganarían protagonismo los discursos y los movimientos nacionalistas y antiimperialistas, junto con otros clasitas e internacionalistas, que disputaban las representaciones sobre lo nacional y buscaban torcer las estructuras políticas y económicas que sustentaban la exclusión de las mayorías. Sin embargo no se cerrarían con estos cambios las intervenciones imperialistas en el continente, acaso porque quedaban sin resolución las contradicciones y conflictos generados durante este período, en el que se produjo la decisiva incorporación de América Latina a la economía mundial capitalista.

Leandro Sessa

Introduciendo conceptos