Alumnos les dejo material de lectura para la semana del 13 al 30 de abril.
Les pido que leen los documentos y a partir de ellos que expliquen estas preguntas:
1- ¿Qué significó para América Latina este proceso? (Imperialismo) ¿Cómo se vincula con las economías europeas y centrales?
2- ¿Qué significa para ustedes la frase"Oligarquías locales buscaron incrementar la producción agrícola y minera"? ¿Cómo llevan a cabo ese objetivo, qué cambios o tareas son necesarias?
3- En cuanto a la práctica del panamericanismo o la doctrina de América para los Americanos, ubica en qué momento (tiempo- décadas-años) y en qué ejemplos se ve patente el accionar de EEUU sobre América Latina, selecciona un ejemplo.
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Material de lectura
EL IMPERIALISMO. La era del imperialismo en
América Latina
La era del imperialismo
constituyó el marco de la decisiva incorporación de América Latina a la
economía mundial capitalista. Este proceso produjo transformaciones
fundamentales en todo el subcontinente: por un lado, consolidó el perfil
agro-minero exportador de su economía; por otro lado, esa orientación
profundizó las diferencias regionales, en función de las diversas “vías
nacionales” a través de las cuales se llevó a cabo. Fue en esta era, también,
cuando se despertaron las más intensas expresiones de búsqueda de una identidad
latinoamericana y nacional, recortada frente a los imperialismos que la
amenazaban. Es síntesis, este territorio histórico condensa problemáticas
decisivas para América Latina.
Las apetencias de las
economías europeas, en este período de crecimiento de las economías
industrializadas y de expansión sobre nuevos territorios, encontraron en
América Latina un espacio propicio para la obtención de materias primas y un
mercado en crecimiento para la colocación de productos de elaboración
industrial. Frente a ese contexto, las oligarquías locales buscaron incrementar
la producción agrícola y minera para su exportación. Lo hicieron sobre la base
de la estructura de los grandes latifundios o haciendas, de las que eran
propietarias. Así, consolidaron un modelo de crecimiento económico basado en la
especialización productiva, en la explotación extensiva y en la dependencia de
los mercados exteriores.
El contexto era propicio
para que las oligarquías dejaran atrás las viejas disputas faccionales y coordinar desde el Estado las tareas
necesarias para la definición de una economía orientada hacia el exterior. Esto
suponía la integración del territorio nacional y el avance sobre nuevas tierras
para sumarlas a la producción exportable; además era necesario solucionar, en
algunas regiones, el problema de la escasez de mano de obra, y resolver la
necesidad de contar con capital e infraestructura para agilizar la producción y
fundamentalmente la comercialización. Si las primeras tareas podían ser
encaminadas a partir de la construcción de la gestión estatal (lo cual incluía
la administración de la violencia por parte del Estado, necesaria para la
reducción o incorporación de las poblaciones originarias al área de influencia
de la “economía europea”), y en algunos casos resultó importante el fomento de
la inmigración, las inversiones que se requerían para el transporte y la
comercialización le aseguraron a las economías imperiales algo más que el papel
de compradores. Así, principalmente el capital inglés se posicionó,
fundamentalmente a través de la inversión en ferrocarriles y del control del
sistema financiero, como una presencia tutelar del crecimiento de las economías
de los países latinoamericanos y de la orientación de sus elites gobernantes.
La consolidación de una
estructura estatal resultó fundamental para la integración del territorio
nacional y para definir las bases institucionales necesarias para el
funcionamiento del modelo primario exportador. Este proceso tuvo diferentes
ritmos y etapas en los diversos países del continente. Allí donde la demanda
internacional coincidía con las posibilidades que ofrecían los suelos, las
oligarquías pudieron negociar o imponer su predominio sobre otras facciones, y
consolidar el poder del Estado. Lo hicieron a partir de una alianza de hecho
con el capital extranjero, que ocupó un lugar fundamental en el financiamiento
a través de préstamos, que inauguraban una larga historia de endeudamientos.
De acuerdo al tipo de
producto primario que cada región podía ofrecer, se hacía necesaria la
ocupación de regiones que, en algunos casos, habían permanecido al margen,
incluso durante los siglos de dominación colonial.
La especialización
productiva que produjo el modelo agro minero exportador hizo que los sectores
encargados del control del Estado fuesen aquellas elites provenientes de las
regiones más favorecidas por esa redefinición de la economía. En Brasil, por
ejemplo, la demanda de los mercados internacionales reorientó el predominio de
la actividad económica hacia las regiones del sur, que expresaban el avance del
café y la ganadería, por sobre las tradicionales producciones de azúcar y
algodón.
En general, las
oligarquías que comandaron este proceso de consolidación de los Estados
Nacionales, lo hicieron guiados por el espíritu “civilizatorio” que acompañaba
las excursiones hacia territorios que antes estaban fuera del alcance estatal.
Las consignas de “orden y progreso” o “paz y administración” resultaron lemas
característicos que sintetizaban la ideología positivista que sustentaba la
acción “modernizadora” en lo económico, pero profundamente conservadora en lo
político. El control del aparato estatal, y la exclusión política y social de
las mayorías, resultaron rasgos centrales de la consolidación del orden
oligárquico, tal como lo estamos describiendo.
Sin embargo, no siempre
las oligarquías lograron acuerdos que les permitieran neutralizar las viejas
disputas faccionales, ni tampoco en todos los países el Estado consolidó
rápidamente una estructura capaz de controlar todo el territorio y
transformarlo en función de la nueva orientación de la economía. En algunos
casos, regiones enteras quedaron al margen porque siguieron siendo poco
valoradas en términos económicos, o porque el crecimiento no alcanzó a
incorporarlas. En otros casos se conformaron verdaderas economías de enclave,
en donde las empresas de capitales extranjeros controlaban no sólo la
producción sino también la comercialización y el abastecimiento de los
productos consumidos por los trabajadores. Este era el paisaje de la
explotación del azúcar en las islas del Caribe, pero también el del salitre en
el norte de Chile, la minería boliviana y el azúcar en el norte peruano.
Allí donde el Estado no
logró tener presencia, la exploración de nuevos territorios quedó en manos de
emprendedores, que pudieron construir así sus propias riquezas.
Pero en esos años
finales del siglo XIX asomaría en el continente una sombra imperialista que a
la postre se revelaría como algo más palpable que un espectro. La presencia de
EEUU se hizo cada vez más potente a partir de su creciente protagonismo en las
disputas por los mercados de capital y las fuentes de materias primas. La
emergente potencia imperial del norte había procurado posicionarse desde
principios del siglo XIX como “hermano mayor” de sus “débiles” vecinos, para
resguardarlos de la posibilidad de recaer en las “garras” coloniales. El marco
ofrecido por la Doctrina Monroe, sancionada en 1823, invocaba el principio
soberano de “América para los americanos”, pero establecía de hecho la
incumbencia norteamericana en el ámbito continental.
EEUU impulsaba ahora, en
“la era del imperialismo”, una traducción de su liderazgo continental por medio
de la promoción de Conferencias que buscaban unir a todos los Estados
Americanos. La primera de esas reuniones, convocada en Washington, en 1889,
puso en evidencia la intención de los norteamericanos de propiciar acuerdos
comerciales y unificar las normas jurídicas para potenciar su penetración
económica en el continente, en el marco de su proyecto “panamericano”. Esa
posición de liderazgo en la promoción de una organización de escala continental
sería pronto reafirmada a través de la participación en gestiones para dirimir conflictos
entre los países latinoamericanos y las viejas potencias imperiales europeas,
que aún conservaban su presencia en el continente. Así, la gestión diplomática
en ocasión de las disputas entre Venezuela y Gran Bretaña por el límite de la
Guyana, en 1897, sería un antecedente para que luego EEUU interviniera
decisivamente en el proceso de independencia de dos islas que constituían los
últimos bastiones del viejo imperio español. Principalmente Cuba, aquel emporio
de la colonia, constituía un espacio estratégico en el área del Caribe, de
singular interés para los norteamericanos. De allí que EEUU ofreciera, además
de la diplomacia, su apoyo militar a los ejércitos rebeldes que luchaban por la
independencia. La declaración de guerra a España, en 1898, tras un incidente
con un barco de bandera norteamericana, decidió el definitivo retroceso del
colonialismo ibérico, y al mismo tiempo inauguró la era del imperialismo
norteamericano, a través de la ocupación de Cuba y Puerto Rico, botines de la
Guerra ganada. Si bien la primera de estas dos islas declararía su
independencia formal, la enmienda Platt, incorporada al texto constitucional de
la nueva República, cedía a EEUU parte del territorio y el derecho a la
intervención.
Aunque las iniciativas
vinculadas con el proyecto panamericano no se detuvieron y se organizaron
nuevas reuniones rebautizadas como Conferencias Interamericanas, con el
comienzo del siglo XX EEUU acentuaría su estrategia de intervención en el
continente con menos diplomacia y más “garrote”. Esa impronta de la política
exterior era el espíritu del llamado corolario Roosevelt de la Doctrina Monroe,
a través del cual el nuevo presidente norteamericano Theodore Roosevelt admitía
la necesidad de propiciar una política más agresiva de defensa continental,
frente a la debilidad que mostraban muchos gobiernos para enfrentar las
amenazas de las potencias extracontinentales.
El desorden financiero
de los Estados de América Latina, que supuestamente los colocaban en una
situación de debilidad frente a los acreedores europeos, comenzó a ser
considerado, también, un motivo de intervención. A nadie escapaba el hecho de
que detrás de esta política de protección continental se encontraban los
intereses imperialistas de Norteamérica. Esto se pondría de manifiesto en torno
de la independencia de Panamá en 1903. EEUU había intentado negociar con
Colombia la sesión de una parte de su territorio, considerado propicio para la
construcción de un canal interoceánico. Fracasados los intentos diplomáticos,
Roosevelt decidió el apoyo a los ejércitos independentistas, que garantizaron
la cesión a EEUU del territorio donde, luego de declarada la “independencia”,
comenzaría a construirse el Canal.
La invocación del
corolario Roosevelt de la Doctrina Monroe sería también el pretexto del
desembarco de marines norteamericanos en Santo Domingo en 1905, frente a la
amenaza de un levantamiento armado opositor, y de una intervención en Cuba,
amparada en la enmienda Platt, en 1906. Esos hechos desplegados bajo la llamada
“política del garrote” consolidaron la presencia de EEUU en el Caribe, que
acompañó el incremento de las inversiones norteamericanas, y la consiguiente
especialización de las economías caribeñas en la producción de alimentos para
la exportación a su “protector”.
La conexión entre la
agresiva política exterior norteamericana y los intereses económicos se hizo
más explícita bajo el gobierno de William Taft (1909-1913). Su política
exterior hacia América Latina, conocida como “diplomacia del dólar”, se fundaba
en la idea de que no sólo constituía una amenaza la presencia de otras
potencias, sino también la influencia de actores económicos ajenos al
continente. En ese marco se produjeron intervenciones de EEUU en Honduras,
Haití y Nicaragua, entre 1909 y 1912, que aseguraron el predominio de las
empresas de origen norteamericano.
Con la llegada al
gobierno de EEUU del primer presidente demócrata en “la era del imperialismo”,
Thomas Woodrow Wilson (1913-1921), se despertaron expectativas en
torno de la proclamación del fin de las políticas agresivas hacia el
continente. Sin embargo, rápidamente las acciones de los marines desmintieron
los discursos democráticos. El primer escenario de una nueva intervención
norteamericana sería el convulsionado vecino del sur, al que ya se le había
arrebatado medio siglo antes una parte de su territorio: México. El desembarco
en el puerto de Veracruz, en 1914, justificado por la detención de tropas
norteamericanas en Tampico, produjo una reacción defensiva por parte del
gobierno encabezado por Victoriano Huerta, surgido de la Revolución que había
comenzado en 1910. Si bien las tropas norteamericanas permanecieron durante
seis meses en Veracruz, la respuesta mexicana expresaba un principio de
autodeterminación y de rechazo a la intervención de EEUU, que ya se encontraba
extendido en buena parte de los países del continente.
Centroamérica continuó
siendo el escenario principal de la influencia imperialista norteamericana: un
nuevo desembarco de tropas estadounidenses en Haití, en 1916, se traduciría en
una ocupación que perduraría durante dieciocho años; en República Dominicana,
la intervención concretada ese mismo año daría lugar al control del país
durante los ocho años siguientes. Sin embargo, esa agresiva política
imperialista en el continente, y en particular en Centroamérica, había
engendrado también una expresión latinoamericanista, que comenzaba a ser cada
vez más claramente asociada con un contenido antiimperialista.
En torno de la
intervención norteamericana en la independencia de Cuba, José Martí había denunciado el
imperialismo norteamericano en el continente, ofreciendo una visión sobre los
peligros que engendraban sus intereses económicos. Esa postura afirmaba la
necesidad de fortalecer la unidad del continente, sintetizada en la expresión
“Nuestra América”, título de un ensayo político-filosófico escrito por Martí en
1891.
La emergencia de este
proceso no puede comprenderse sin tener en cuenta que se estaba produciendo un
resquebrajamiento del poder monolítico que habían construido las oligarquías
aliadas con el imperialismo. Las tensiones internas del orden oligárquico
habían comenzado a producir grietas en las sociedades latinoamericanas. En
ellas asomaron demandas, tanto de quienes emergieron a partir de la
incorporación de América Latina al capitalismo internacional (los sectores
medios urbanos y un incipiente proletariado), como de aquellos que habían sido
desplazados de sus tierras o formaban parte de regiones que habían quedado
marginadas del crecimiento hacia el exterior. Confluyeron así en la
desestabilización del orden oligárquico construido en la era del imperialismo,
las contradicciones que había engendrado. Se abriría entonces un nuevo
escenario para la política, en donde ganarían protagonismo los discursos y los
movimientos nacionalistas y antiimperialistas, junto con otros clasitas e
internacionalistas, que disputaban las representaciones sobre lo nacional y
buscaban torcer las estructuras políticas y económicas que sustentaban la
exclusión de las mayorías. Sin embargo no se cerrarían con estos cambios las
intervenciones imperialistas en el continente, acaso porque quedaban sin
resolución las contradicciones y conflictos generados durante este período, en
el que se produjo la decisiva incorporación de América Latina a la economía
mundial capitalista.
Leandro Sessa
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