fecha de entrega 30 de abril. formato crea o mail.
Actividad de lectura, comprensión de texto:
1- De
la lectura del resumen:
a) ¿Cómo se manifiesta o es percibida la
crisis? ¿Cuáles son los efectos visibles de tan depresión?
b) Enumera y explica cuales son las
soluciones ante la llamada Depresión de los años 1873.
2- Intenta
explicar con tus palabras que implica el concepto de “economía mundial”
3- Describe
cómo se caracteriza la economía mundial en la era del imperio.
4- ¿qué
vínculos encuentras entre el planteo de Hobsbawm y lo trabajado por ti en la
tarea sobre la racionalización del trabajo aplicada por las industrias y los
modelos Fordista y Taylorista?
E. Hobsbawm. “La era del
imperio, 1875-1914”. Resumen Capítulo 2, La economía cambia de ritmo.
Por Macarena Jauregui.
En cuanto a los economistas y hombres de negocios, lo
que preocupaba incluso a los menos dados al tono apocalíptico era la prolongada “depresión de los precios, una depresión del
interés y una depresión del beneficios” (Marshall 1888). Lo que estaba en juego no era la
producción sino la rentabilidad.
La
agricultura fue la víctima más espectacular de esa disminución de los
beneficios y, a no dudar, constituía el sector más deprimido de la economía y
que cuyos descontentos tenían consecuencias sociales y políticas más inmediatas
y de mayor alcance. Las consecuencias para los precios agrícolas, tanto en la
agricultura europea como en las economías exportadoras de ultramar, fueron
dramáticas.
Los decenio
de depresión no eran una buena época para ser agricultor en ningún país
implicado en el mercado mundial. La reacción de los agricultores varió desde la
agitación electoral a la rebelión, hasta también la muerte por hambre como
ocurrió en Rusia entre 1891 y 1892.
No obstante,
las dos respuestas más habituales entre la población fueron la emigración
masiva y la cooperación, la primera protagonizada por aquellos que carecían de
tierras o que tenían tierras pobres, y la segunda, fundamentalmente por los
campesino con explotaciones potencialmente viables.
El mundo de
los negocios tenía sus propios problemas. Ningún período fue más deflacionario
que el de 1873-1896, cuando los precios descendieron en un 40 por 100 en el
Reino Unido. La deflación hace que disminuyan los beneficios.
Otra
dificultad radicaba en el hecho de que los costes de producción eran más
estables que los precios a corto plazo pues proporcionalmente, al tiempo que
las empresas tenían que soportar también la carga de importantes cantidades de
maquinaria y equipos obsoletos, se tardaba más de lo esperado en amortizar. En
algunas partes del mundo, la situación se veía aún más complicada por la caída
gradual del precio de la plata y de su tipo de cambio con el oro.
Una de las
soluciones consistía en una especie de monetarismo a la inversa.
La libertad
de comercio parecía indispensable ya que permitía que los productores de
materias primas de ultramar intercambiaran sus productos por los productos
manufacturados británicos, reforzando así la simbiosis entre el Reino Unido y
el mundo subdesarrollado, sobre el que se apoyaba la economía británica. Los
estancieros argentinos y uruguayos, los productores australianos y los
agricultores daneses no tenían interés alguno en impulsar el desarrollo de las
manufacturas nacionales, pues obtenían pingües beneficios en su calidad de
planetas económicos del sistema solar británico. El Reino Unido continuó
mostrándose partidario del liberalismo económico y al actuar así otorgó a los
países proteccionistas la libertad de controlar sus mercados internos y de
impulsar sus exportaciones.
El
liberalismo era el anarquismo de la burguesía y, como en el anarquismo
revolucionario, en él no había lugar para el estado. O, más bien, el estado
como factor económico sólo existía como algo que interfería el funcionamiento
autónomo e independiente de “el mercado”.
Esta
interpretación no carecía de lógica. Por una parte, parecía razonablemente
pensar que lo que permitía que esa economía evolucionara y creciera eran las
decisiones económicas de sus componentes fundamentales. Por otra parte, la
economía capitalista era global, y no podía ser de otra forma. El ideal de sus
teóricos era la división internacional del trabajo que aseguraba el crecimiento
más intenso de la economía.
El único
equilibrio que reconocía la teoría económica liberal era el equilibrio a escala
mundial. Pero en la práctica ese modelo resultaba inadecuado. La economía
capitalista mundial en evolución era un conjunto de bloques sólidos, pero
también fluido. Sean cuales fueren los orígenes de las “economías nacionales”
que constituían esos bloques, las economías nacionales existían porque existían
los estados-naciones.
Pero el
mundo desarrollado no era tan sólo un agregado de “economías nacionales”. La
industrialización y la depresión hicieron de ellas un grupo de economías
rivales, donde los beneficios de una parecían amenazar la posición de las
otras. Lo sólo competían las empresas, sino también las naciones.
¿Cuáles
fueron sus consecuencias? Podemos aceptar como cierto que un exceso de
proteccionismo generalizado, que intenta perpetrar la economía de cada
estado-nación es perjudicial para el crecimiento económico mundial. Esto
quedaría demostrado en el período de entre guerras. Pero en 1880-1914, el
proteccionismo no era general ni tampoco excesivamente riguroso y quedó
limitado a los bienes de consumo y no afectó al movimiento de mano de obra y a
las transacciones financieras internacionales. En conjunto, el proteccionismo
industrial contribuyó a ampliar la base industrial del planeta, que carecían
también a un ritmo vertiginoso.
No obstante,
si el proteccionismo fue la reacción política instintiva del productor
preocupado ante la depresión, no fue la respuesta económica más significativa
del capitalismo a los problemas que le afligían. Esa respuesta radicó en la
combinación de la concentración económica y la racionalización empresarial que
comenzaba ahora a servir de modelo, los trust y “la gestión financiera”.
Pero el
control del mercado y la eliminación de la competencia sólo eran un aspecto más
general de concentración capitalista y no fueron ni universales no
irreversibles. La concentración avanzó a expensas de la competencia de mercado,
las corporaciones a expensas de las más pequeñas y que esa concentración
implicó una tendencia hacia el oligopolio.
La presión sobre los beneficios en el período de la
depresión, así como el tamaño y la complejidad cada vez mayor de las empresas,
surgió que los métodos tradicionales y empíricos de organizar las empresas, y
en especial la producción, no eran ya adecuados. Así surgió la necesidad de una
forma más racional o “científica” de controlar y programar las empresas grandes
y deseosas de maximizar los beneficios. La tarea en la que conectó
inmediatamente sus esfuerzos el “taylorismo” y con la que se identificaría ante
la opinión pública la “gestión científica” fue la de sacar mayor rendimiento a
los trabajadores. Ese objetivo se intentó alcanzar mediante tres métodos fundamentales:
1. aislando a cada trabajador del resto
del grupo y transfiriendo el control del proceso productivo a los
representantes de la dirección;
2. una descomposición sistemática de
cada proceso en elementos componentes cronometrados;
3. sistemas distintos de pago de
salario que supusieron para el trabajador un incentivo para producir más.
Henry
Ford, se
identificaría con la utilización racional de la maquinaria y la mano de obra
para maximizar la producción.
La “mano visible” de la moderna organización y
dirección sustituyó a la “mano invisible” del mercado anónimo de Adam Smith.
Existía una
tercera posibilidad para solucionar los problemas del capitalismo: el
imperialismo.
Debemos
mencionar un resultado final, o efecto secundario, de la gran depresión. Fue
también una época de gran agitación social. La depresión produjo la
movilización masiva de las clases obreras industriales en numerosos países y,
desde finales del decenio de 1880, la aparición de movimientos obreros y
socialistas de masas en algunos de ellos.
Al final del capítulo, Eric Hobsbawm realiza una síntesis de lo que fue la economía durante el imperio. En
primer lugar, su base
geográfica era mucho más amplia que antes. El sector industrial y en proceso de
industrialización se amplió, en Europa mediante la revolución industrial que
conocieron Rusia y otros países. El mercado internacional de materias primas se
amplió extraordinariamente lo cual implicó también el desarrollo de las zonas
dedicadas a su producción y su integración en el mercado mundial. Argentina se
convirtió en un gran exportador de trigo en la misma época, y cada año,
contingentes de trabajadores italianos cruzaban en ambos sentidos los 16000 km
del Atlántico para recoger la cosecha, La economía de la era del imperio
permitía cosas tales como que Bakú y la cuenca de Donetz se integraran en la
geografía industrial, que Europa exportara productos y mujeres a ciudades de
nueva creación y que se erigieran teatro de ópera sobre los huesos de indios
enterrados en ciudades surgidas al socaire del auge del caucho.
La economía
mundial era mucho más plural que antes. El Reino Unido dejó de ser el único
país totalmente industrializado y la única economía industrial. La era del
imperio se caracterizó por la rivalidad entre los diferentes estados. Además, las
relaciones entre el mundo desarrollado y el sector subdesarrollado eran también
más variadas y complejas.
Ese
pluralismo creciente de la economía mundial quedó enmascarado hasta cierto
punto por la dependencia que se mantuvo e incluso se incrementó de los
servicios financieros, comerciales y navieros con respecto al Reino Unido.
La tercera característica de la economía mundial es la
más obvia: la revolución tecnológica.
Fue en este
período cuando se incorporaron a la vida moderna el teléfono y la telegrafía
sin hilos. Se llama “segunda revolución industrial” a la gran innovación que
consistió en actualizar la primera revolución industrial mediante una serie de
perfeccionamientos en la tecnología del vapor y del hierro por medio del acero
y las turbinas.
La cuarta característica es una doble transformación en la estructura y modus operandi de la
empresa capitalista. Por una parte, se produjo la concentración de capital, el crecimiento en
escala que llevó a distinguir entre “empresa” y “gran empresa”.
La quinta característica es que produjo una extraordinaria transformación del mercado de los bienes de
consumo: un cambio
tanto cuantitativo como cualitativo. Con el incremento de la población comenzó
a dominar las industrias productoras de bienes de consumo. A largo plazo este
fenómeno fue más importante que el notable incremento del consumo en las clases
ricas y acomodadas, cuyos esquemas de demanda no variaron sensiblemente. Fue el modelo de T de Ford el que revolucionó la industria del
automóvil. Al mismo tiempo, una tecnología revolucionaria y el
imperialismo contribuyeron a la aparición de una serie de productos y servicios
nuevos para el mercado de masas.
Todo ello implicó la transformación so sólo de la
producción, mediante lo que comenzó a llamarse “producción masiva”, sino también de la distribución, incluyendo la compra
a crédito, fundamentalmente por medio de los plazos.
Esto
encajaba perfectamente con la sexta característica de la economía: el
importante crecimiento, tanto absoluto como relativo, del sector terciario de
la economía, público y privado.
La última característica de la economía es la convergencia creciente entre la política y la
economía, es decir,
el papel cada vez más importante del gobierno y del sector público.
La
democratización de la política impulsó a los gobierno, muchas veces renuentes,
a aplicar políticas de reforma y bienestar social, así como iniciar una acción
política para la defensa de los intereses económicos de determinado grupos de
votantes contra la concentración económica. Por otra parte, las rivalidades
políticas entre los estados y la competitividad económica entre grupos
nacionales de empresario convergieron contribuyendo tanto al imperialismo como
a la génesis de la primera guerra mundial. Por cierto, también condujeron al
desarrollo de industrias como la de armamento, en la que el papel del gobierno
era decisiva.
entiende que el imperialismo del fin del siglo XIX y principios del
XX fue una política de competencia entre imperios adoptada por varias naciones de Europa y
que esa idea es esencialmente moderna, es decir, contemporánea a él. Asimismo Hobson
defiende al nacionalismo como el camino al internacionalismo, puesto que, según él, “no hay
necesariamente antagonismo entre ellos” [traducción propia] pero que si el nacionalismo
presenta alguna divergencia entonces ésta ha de ser una perversión de su naturaleza y propósito
que viene a llamarse «imperialismo»
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